Esperando mi turno para subir a esa clase de montaña rusa de madera , que tiene tanto traqueteo en sus vagones que termina haciéndote contracturas en la espalda, pensando que hacer la cola no merecía la pena y al mismo tiempo que era obligatorio que me subiese a esa atracción, porque no lo había hecho en mi vida.
Era mi 34 cumpleaños y eso eran cosas que la gente hacia en su 13 cumpleaños, pero en mi infancia no había tenido nada de eso, nada de parques de bolas, ni de atracciones, ni mcdonals, ni telepizza, ni bocadillos de nocilla...aquello era una cuestión de justicia para mi, para mi niña, para mi adolescente... por eso hice aquella cola para una atracción que no tendría mucha descarga de adrenalina y me molería la espalda, simplemente se lo estaba concediendo a mi yo de 12 años que cuando debía estar haciendo esa cola estaba sobreviviendo a su primera depresión.Ví como llegaba el tren con los tripulantes a los que mi turno suplantaría, en el que seria mi asiento, había una niña de no más de 8 años, estaba seria, impertérrita, con la mirada perdida, en esa falta de expresividad creí adivinar lo que yo venia pensando, me quede mirándola fijamente a los ojos, solo para confirmar todo el asunto de la perdida de tiempo. Ella me miro y dijo:
- os vais a cagar!
Sonrió y su padre, que estaba en el asiento de al lado se encogió de hombros y sonrió, en un estado entre la sorpresa y la vergüenza de la impertinencia ajena, pero para aumentar su sorpresa, sonreí y aplaudí a la niña, contestando:
-gracias! estaba esperando que alguien dijese algo.
Ella me devolvió la sonrisa, satisfecha y crecida, pero con el encanto y el desparpajo que yo misma hubiese deseado tener a su edad.
Cuando monté en la atracción estaba esa luz especial del ocaso que hace que todo sea mas bonito, mas acogedor, se filtraba entre los postes y traviesas de madera mientras pasábamos a no poca velocidad, pero no era una atracción ni tan violenta ni tan atronadora como supuse y de pronto estaba en una canción -Rollercoaster/m.ward- y me pareció con diferencia el mejor cumpleaños de mi vida.
Dos segundos después conseguí soltar las manos de la barra de seguridad y extender los brazos, nunca lo había hecho y tampoco entendía a la gente que lo hacia, pero en aquel instante y de forma natural me entregue a ese paisaje onírico, sin resistencia alguna. Terminó siendo uno de esos recuerdos de paz absoluta que se pueden contar con los dedos de una mano en un periodo de 20 años.
Mi 34 cumpleaños fue el mejor cumpleaños, por este micromomento y otros detalles, pero sobretodo porque lo organice para mi yo niña, mi yo adolescente y mi yo adulta, y en las pocas ocasiones en las que tres personas se ponen de acuerdo sin que ninguna tenga que dar su brazo a torcer, las tres estaban felices, entusiasmadas y satisfechas, aunque creo que también ayuda a ese estado de felicidad la cantidad de neuronas que tienen que morir en un día de parque de atracciones.
Y todos los que estaban conmigo ese día, sonreían al verme llegar, como decía Fontanarrosa.
¡Que cumpleaños el de aquel día!.
